Cuando aquélla tarde calurosa de Junio mi padre me dijo “hoy dormiremos en la era” , una aventura se dibujó en mi mente.
Una gran aventura
Para un niño de 8 años la perspectiva de dormir bajo las estrellas, reunía de una parte la emoción de la vida salvaje de la que todos provenimos y el miedo a lo desconocido, a la oscuridad de la noche ,al misterio. El balance era muy positivo, a los emocionante de la aventura había que sumar el echo de que una propuesta así, suponía que de alguna manera te consideraban ya mayor, al menos lo suficientemente mayor como para afrontar una noche fuera de casa.
Dormir en la era en aquellos años era una practica habitual para los agricultores qué dejaban allí su cosecha a la espera que la trilladora al día siguiente separara el grano de la paja.
Hoy todo aquello parece lejano, pero forma parte de la realidad vivida por muchas generaciones.
Recuerdo que aquel año la era la habíamos instalado dos parcelas mas abajo de la nuestra, junto a la ribera de la teja ,en la parcela del seño José.
La trilladora
La trilladora trabajaba a base de poleas que movía un tractor, un gran avance que ahorraba horas y horas de trilla con las bestias y aventado de grano a mano. Otro día hablaremos de la evolución de la tecnología agrícola en los últimos 50 años, esa que permite que hoy a distancia y con un teléfono movil se pueda controlar una cosechadora que además mapea el terreno y nos dice cuanto produce cada metro cuadrado.
Pero volvamos a la era, la noche era estrellada y calurosa, serian poco mas de las 10 de la noche cuando llegamos, tendimos una manta sobre parte de la paja que estaba acumulada cerca de la trilladora.
Por encima solo el cielo, en la ribera la sombra de unos grandes arboles se proyectaba sobre el camino convirtiéndose en la mente de un niño en lobos, brujas y mil amenazas más.
La calma, densa, se podía sentir, la paz del campo solo se rompía, a veces, por el sonido de un búho que se adivinaba vigilante en un gran fresno a la orilla de la ribera. El olor a paja seca dominaba sobre todos los demás. La sensación de paz lo envolvía todo, no recuerdo a qué hora me dormí, de hecho no recuerdo si el concepto de tiempo tenia entonces el mismo sentido que hoy, probablemente no.
Lo que queda
Hoy ya no existe la era , ni la trilladora, pero sigue estando la ribera y el camino y otros arboles distintos a aquel fresno de mi recuerdo y en las noches de verano, tendido en una manta a la luz de la luna en mitad del campo se puede seguir disfrutando de lo que yo llamo “la emoción del campo”.
Enseñar a las nuevas generaciones esa emoción es responsabilidad de todos.
La educación en campo a los niños de hoy nos dará mañana una sociedad mas justa, mas natural, mas cercana, con más emoción
Leyéndote dan ganas de dormir en una era para sentir lo que describes.