Aquel día Ana se había levantado muy temprano; quería ver el amanecer, ese amanecer entre los árboles que tanto le gustaba. Cuando la luz aparecía por el este, colándose entre las ramas y transformando las hojas en reflejos dorados de mil formas, agitadas por el viento, pasear por la plantación a esa hora era un placer para los sentidos.
Ahora, en abril, lejos ya del crudo invierno que la retuvo en su refugio, podía pasear por la plantación de ciruelas y ver cómo los árboles sustituían la austera vestimenta invernal por otra más colorida y hermosa.
Sonó el canto de un gallo, y escuchó el trinar de los pájaros que abandonaban su estancia nocturna sobre las ramas. ¡Los pájaros! Hay que tener cuidado con ellos, le había dicho su abuelo en una ocasión, pero ella no había entendido el significado de aquellas palabras. Por debajo del canto del gallo y de los pájaros, el silencio era ensordecedor; el campo a esa hora era la paz.
Miraba los jóvenes brotes y las primeras flores. En ellas veía belleza, pero, sobre todo, veía la promesa de unas ciruelas que podría comer hasta el hueso; le encantaban las ciruelas y le encantaba mordisquear una y otra, y otra. Aquel campo había sido la vida de su familia por muchas generaciones; no se imaginaba viviendo en ninguna otra parte.
De pronto, el silencio empezó a romperse. A lo lejos sonaba algo que no podía interpretar.
El sonido procedía de la parte más alejada del campo, de la orilla de la plantación.
—¿Qué será ese ruido? —se preguntó Ana.
Afinando el oído, pudo distinguir dos sonidos diferentes: uno, como de una maquinaria funcionando, y otro, como si un gran vendaval agitara las hojas de los árboles.
A cada segundo que pasaba, el ruido se hacía mayor; lo que fuera se acercaba. De pronto lo vio: una gran nube subía por encima de los árboles de la primera fila del campo.
El viento la impulsaba y las gotas caían sobre las hojas como una fina lluvia.
Ana no había visto nunca aquel fenómeno, pero algo en su interior le decía que aquello no era bueno. Algo desde lo más profundo de su ser, quizás escrito en los genes de su especie, le avisaba de un peligro.
La nube y el ruido se fueron desplazando de un extremo a otro de la plantación.
Cuando bajó el ruido, Ana escuchó una sirena y voces de gente que se aproximaba.
—¿Quién será ahora?
La nube fue al fondo del campo y volvió; de pronto, la sirena y la nube se encontraron y, en ese momento, se hizo el silencio de ambos ruidos y se abrieron paso las voces.
—¿Qué está haciendo usted? —sonó una voz que parecía de un policía por la autoridad con la que se pronunció.
—Pues estoy fumigando las ciruelas porque hay un gran ataque de anarsias.
—Vaya, vaya —dijo el policía—. ¿No sabe usted que la ley de protección animal las protege?
—¡Pero se están comiendo mis ciruelas! —protestó el agricultor—. Mire los brotes secos. Si no las controlo, se comerán toda mi cosecha. Cuando no haya producción, los precios del mercado subirán y la gente no podrá consumir fruta.
—No es mi problema —respondió el policía—. Le tengo que multar; así lo marca la ley que acaba de aprobar el Parlamento.
—Pero es absurdo, ¿y qué pasa con los agricultores? ¿Quién los protege?
—No lo sé, yo solo hago cumplir la ley.
Mientras escuchaba esta conversación, Ana, desde lo alto de una rama, vio acercarse a una pareja que vestía camisetas donde se leía “Protección Animal”.
Miraron hacia arriba y, al ver a Ana, comentaron:
—Mira, una anarsia, qué bonita, y estos brutos la quieren matar.
—Menos mal que hemos conseguido promulgar una ley que protege a las especies maltratadas —dijo ella.
—Sí, pero quizás esta vez se nos fue la mano, ¿no crees? —respondió él.
Ana, que no salía de su asombro, pensó para sus adentros:
—¡Qué raros son estos humanos!
Notas del autor:
- La Anarsia lineatella es una de las principales plagas del ciruelo.
- Este cuento es una caricatura de hasta dónde nos pueden llevar las leyes de protección animal fuera de la lógica.
- En el cuento, Ana, la anarsia, llama raros a los humanos por ser políticamente correcta. Cada uno puede traducirlo con la palabra más adecuada.