A pesar de los muchos años pasados, aún recuerdo aquel primer día que vi al niño cojo. Caminaba por la acera como si diera pequeños saltos; su pierna derecha, algo más corta que la izquierda, le obligaba a esta extraña forma de caminar. Nunca supe la razón de aquella situación, pero desde aquel día fui testigo de su paso por la puerta de mi casa camino de la escuela. Cuando me fijé en él por primera vez, no tendría más de nueve años.
Llevaba siempre una cartera color marrón, que por su tamaño podría contener la biblioteca municipal. Cosida a su mano derecha, supongo que le servía de contrapeso y le ayudaba a mantener el equilibrio. Su caminar se asemejaba al de un gorrión, siempre con esos pequeños saltitos rítmicos.
Nunca supe la razón de su cojera; quizás la polio, enfermedad tan común en la España de la posguerra, tenía la culpa, pero nunca pude confirmarlo.
Mi jornada de trabajo coincidía casi todos los días con el inicio de las clases en el colegio vecino a mi casa; desde mi ventana me acostumbré a ver a aquel grupo de niños con sus mochilas al hombro, entre los cuales, con su típico caminar, iba el niño cojo.
Entre aquellos jovenzuelos no era raro que alguno se metiera con su cojera:
—Cojo, ¿a que no me coges? —gritaba alguno mientras salía a correr entre las risas de sus colegas.
Él rara vez contestaba y seguía a su ritmo. Alguna vez le escuché decir:
—Hoy no, quizás otro día.
Nunca le vi quejarse de aquellas bromas pesadas, y poco a poco se fue ganando mi admiración por su actitud.
Los días que me quedaba en casa haciendo trabajo de oficina, desde mi terraza podía ver el patio del colegio. Los niños jugaban al fútbol o hacían carreras, y entre ellos, rodando de vez en cuando por el suelo, estaba él. Tras cada caída, se levantaba y sin más seguía la carrera o buscaba el balón con todas sus ganas. Una vez que corría tras un compañero más rápido, le escuché decir:
—Voy a entrenar y algún día te ganaré.
Una mañana, al escuchar el bullicio de los colegiales, como de costumbre, me asomé para verlos pasar. Al principio no lo vi, quizás porque su caminar había cambiado. Descubrí su cartera, y siguiendo aquel brazo, lo descubrí a él.
Se había colocado entre la carretera y la acera de forma que su pierna más corta caminaba por la acera, equilibrando así la diferencia de alturas. Su caminar no era perfecto, pero era sorprendente la diferencia. En su cara mostraba una sonrisa especial que parecía decir: “He descubierto el camino”.
A partir de aquel día, descubrió que podía llegar a caminar como los demás y, ¿por qué no? correr más que sus colegas. Con el tiempo supe que esa era su ilusión. Escuchando las conversaciones de algunas madres que llevaban a sus hijos al colegio, pude saber que el niño cojo procedía de una familia muy humilde, con muy pocos recursos.
Eso me explicó que, al reiniciarse las clases después de Navidad, mi héroe —así le llamaba yo para mis adentros— apareciera con un trozo de madera atado con dos correas al zapato de su pierna corta, equilibrando así su altura.
—¿Qué es eso? —le dijo un compañero.
—Mira —respondió él—, me lo ha fabricado mi padre con madera de olivo.
Aquel día, en el recreo, corrió como nunca lo había visto. Le faltaba agilidad, pero la mejora era evidente.
Supe que, ante aquella actitud tan positiva y la falta de medios de sus padres, la directora del colegio junto con algunos padres habían ido a hablar con las autoridades locales para conseguir que se le ayudara de algún modo para que una ortopedia le fabricara una bota a su medida. Y aquella vez la gestión tuvo éxito.
Fue así como, al inicio del nuevo curso escolar, pude comprobar que aquel pedazo de madera de olivo y sus rústicas correas habían sido sustituidos por unas botas ortopédicas que mejoraban su andar y le daban un porte elegante en su caminar.
Pero mi mayor sorpresa estaba por llegar. El primer día después del inicio del curso que pude mirar desde mi terraza el patio del colegio, le vi compitiendo con sus compañeros en carreras alrededor de la pista de atletismo aneja al colegio.
Perdía siempre, era lógico, pero en la siguiente carrera volvía a intentarlo. A mediados de curso, una tarde, le vi solo corriendo alrededor de la pista. Me extrañó, porque el horario era solo de mañana, pero cuando la escena se repitió sistemáticamente los martes y los jueves comprendí que su propósito era firme: quería entrenar para ganar alguna de aquellas carreras con sus colegas.
Le vi cronometrar su tiempo, cambiar su zancada para hacerla más eficiente, controlar su respiración. Aquellas sesiones de entrenamiento continuaron varios años, los que se mantuvo en el colegio.
Era ya un jovencito de quince años, y una tarde en que el joven cojo entrenaba en los alrededores del colegio un compañero, de los más rápidos en las carreras, le espetó:
—Cojo, por mucho que entrenes, nunca me ganarás.
Él, mirándolo a los ojos, le contestó:
—No entreno para ser mejor que tú; entreno para ser yo hoy mejor que ayer.
La respuesta me fascinó; aquel chaval tenía madera de líder y seguro que llegaría muy lejos en la vida.
Llegó el momento de dejar el colegio, y con ello perdí totalmente el contacto con aquel niño que yo había convertido en mi héroe anónimo por su tesón y actitud de mejora constante. Hasta lo puse de ejemplo a mi grupo de trabajo en la empresa.
Había perdido el contacto hasta un día en que, cuando tomaba una cerveza en el bar de la esquina de mi casa, le vi en la televisión. Estaba subido en un podio; no pude escuchar por el ruido ambiente, pero la noticia estaba rotulada: “Joven andaluz gana la medalla de oro en los 100 metros lisos en los Juegos Paralímpicos, mejorando la marca anterior en poder de…”
No pude seguir leyendo; de mi garganta salió un grito:
—¡Lo conozco! —dije señalando la televisión—. Iba al colegio de al lado de mi casa.
—¡Lo conozco! —repetí ante la mirada atónita de los clientes del bar—. ¡Y se lo ha trabajado durante años! ¡Se lo merece!
De esto también han pasado muchos años, pero siempre lo recuerdo con admiración. Ojalá todos tuviéramos esa actitud ante las dificultades que nos pone la vida, porque todos de alguna manera cojeamos.
Me ha emocionado esta historia recordando un problema que tuvo mi hijo de pequeño ya que enfermó de una cadera y sufrimos mucho ya que no encontrábamos solución y nos ponían la cosa muy mal yo no comprendía que un niño que correteaba como un perdigón con solo ocho meses pudiera quedarse imbatido de esa pierna y en contra de la voluntad de su madre lo llevé a un curandero que me dijo que se le salia la cabeza del fémur de su sitio. Se lo centro pero en poco tiempo volvió a cojear al final haciendo caso a su madre lo ingresamos y le detectaron pertes unap enfermedad que deteriora la cabeza del fémur y lo tuvieron más dé tres años con una férula de descarga que le destrozaba la inglés pero tubo reaños y fuerzas para luchar aunque le llamaban para de hierro y ninguno niño quería jugar con el hoy día un hombre fuerte y deportista gracias por esa historia a seguir
Me ha encantado la istoria ,gracias y espero la siguiente con ilusión 👏🏼👏🏼
Muy bonita y positiva la historia del niño cojo. Podías hacer una coleccion de cuentos de valores para que lo leyeran en la escuela.
Gracias por compartirlo.