En España se entierra bien, eso suele decirse cuando de un fallecido se recuerda más lo bueno que hizo que lo menos bueno. Cuando una persona es pública y trata con todo un pueblo, es seguro que hay experiencias de todo tipo, positivas y negativas, mucho más cuando tratamos de juzgar hechos del pasado con la visión del presente.
Cuando echo la vista atrás para repasar mi niñez, aparecen las figuras públicas de aquella época, entre las que destacan Don Pedro, el médico, Don José, el maestro, y Don Crescencio, el cura, que junto con el alcalde constituían las fuerzas vivas de la sociedad de la época, como en casi todos los pueblos. No olvidemos que estábamos en una dictadura en una España que se declaraba católica, apostólica y romana. En consecuencia, el poder de la iglesia, sobre todo en las sociedades rurales, era muy elevado. De forma que en mi memoria, de los poderes públicos, el que aparece como más influyente en la vida de las personas es el cura Don Crescencio.
Él me bautizó, me dio la primera comunión y me casó, tres momentos importantes en la vida de una persona. Quizás solo por eso, cuando supe del homenaje que se le preparaba, pensé en escribir algo sobre él, pero al ponerme delante del papel fueron apareciendo otros momentos: las catequesis, los capones en las procesiones y, sobre todo, una época en la que fue profesor de latín de un grupo de estudiantes de aquella primera promoción del Instituto de Montijo.
Nos daba clases particulares en su casa, la casa del cura, en una habitación que estaba entrando a la izquierda. No he vuelto a visitar esa habitación desde entonces. No puedo disociar ese lugar de las declinaciones del latín: rosa, rosa, rosam, rosae, rosae, rosā.
Fue esa época en la que tuve un contacto más cercano con él y allí descubrí, o creí descubrir, su persona por debajo del papel de sacerdote que le tocó protagonizar en este gran teatro que es el mundo. En ese terreno por debajo del cura serio, estaba la persona que hasta se permitía contar algún chiste, eso sí, de cura por supuesto.
—Dime una palabra con cinco u. —Pues un curucutrucu. —¿Y otra con siete u? —Pues utru curucutrucu.
Y se reía a carcajadas de un chiste tan malo que he recordado más de cincuenta años después. Siempre tuve la sensación de que vivía con resignación el papel que le tocó vivir, que era cura porque un día, como muchos otros, fue al seminario para tener una formación que en la época era muy difícil de alcanzar por la gente humilde y ya no pudo renunciar a su papel en la obra.
Era huraño en ocasiones, a veces demasiado estricto en las normas, pero también sabía adaptarse a las circunstancias de las personas que se acercaban a él pidiendo algún favor. Creo que el paso de los años nos da una perspectiva diferente a cómo se ven las cosas en el momento. Con esa perspectiva, hoy Don Crescencio me parece que fue una buena persona y un buen párroco, fruto, consecuencia y víctima de la época que le tocó vivir y merecedor de un cariñoso recuerdo.
Seguro que todo el pueblo recuerda el estricto orden que imponía en las procesiones, los capones que te daba si no guardabas el orden, sus llamadas por los altavoces al final de la misma: “que entren los hombres que están en la plaza”.
Estoy seguro de que desde allí donde está sigue cuidando de su feligresía. Por cierto, que me acaba de comunicar de alma a alma:
“Te recuerdo que el chiste no acaba así, que continúa: —Ahora una palabra con dos o y siete u. —Tonto utru curucutrucu.”
Así era su humor.
Probablemente tuvo actuaciones desafortunadas como todo ser humano, pero creo que su balance fue muy positivo. Mi condición de valviense, muchos años ausente y poco asiduo a la iglesia, me permite detectar que muchos lo echan de menos y no solo porque en España se entierra bien.
En honor al latín que me enseñaste:
Requiescat in pace, amicus Crescencio.