Caminaba yo tranquilamente por las calles de mi pueblo.
«Está llegando el otoño», pensaba, «los colores ocres empiezan a aparecer en los jardines. El calor sofocante del verano ya no está con nosotros, aunque aún se echa de menos el frío del invierno».
En estos pensamientos estaba cuando se me acercó un joven que amablemente me dijo: —Buenas tardes, ¿cómo estás?
—Buenas tardes —le respondí—. ¿Te conozco?
—Claro —dijo él—. Me conoces de sobra.
—Pues perdona —le dije, mirándole fijamente a la cara—, pero no te recuerdo. Quizá eres hijo de algún amigo y te conocí de pequeño; seguramente has cambiado tanto que ahora no te reconozco.
—Te equivocas —me dijo, sonriendo—. Me has conocido tal como soy ahora.
—Debo estar perdiendo la memoria, pero juraría que no te he visto en mi vida.
—Eso también es posible —insistió—, que no me hayas visto nunca. Lo cual no indica que no me conozcas.
—No comprendo —respondí—. Si no te he visto nunca, ¿cómo te puedo conocer? ¿Acaso nos hemos conocido por internet? ¿Eres algún contacto de Facebook o Instagram? Dame alguna pista.
Entonces el joven me tocó el brazo y se paró, haciendo que yo me detuviera a su vez.
—Tú me conoces —me dijo—, porque me has creado. Me has dado una identidad, una personalidad, una vida, en definitiva. Yo no existía, no era nada, y ahora hay gente que habla de mí, unos bien y otros mal, como es lógico, pero soy alguien. Por eso quiero darte las gracias.
A esta altura de la conversación empezaba a ponerme algo nervioso.
—Mira, joven —le dije, poniéndome muy serio—, creo que te equivocas de persona. No podría yo haber hecho todo eso y no recordarte.
—Quizás —me dijo— dices eso porque piensas en mí como en una persona de carne y hueso.
—¿Acaso no lo eres? —le respondí—. Puedo verte con mis ojos y hace un momento he sentido que me has tocado en el brazo.
—¿Estás seguro? —me dijo—. ¿No será todo fruto de tu imaginación?
Entonces aquel joven tomó mis manos. Sentí un escalofrío, como si sus venas y las mías fluyeran con un mismo caudal, como si fuéramos uno. Olía a tierra mojada, pero no había lluvia. Cerré los ojos y aspiré profundamente aquel aire húmedo, pero a la vez caliente.
Entonces escuché su voz, clara, profunda y cristalina: —Soy la memoria del agua —me dijo—, esa que rescataste del olvido. He vuelto. Quiero recordarte que
Cuando escribes todo nuestro ser fluye como un manantial.
Cuando tu pluma se seca, nosotros nos secamos también.
Entonces, aún confuso, me atreví a hablar. —¿Eres, por tanto, un personaje de mis novelas?
—De nuevo te equivocas —contestó—. Soy todos a la vez, y somos tú al mismo tiempo.
Abrí los ojos queriendo ver de nuevo aquel rostro, tratando de identificarlo. No había nadie frente a mí. Mis manos extendidas no tocaban nada. Estaba solo.
Miré al suelo. Un pequeño charco de agua, ¿de lluvia?, me pregunté, mojaba mis pies. En su superficie creí ver la cara sonriente de aquel joven que me guiñaba un ojo y desaparecía.
Me agaché y toqué el agua. Tenía el calor de una voz. Entonces comprendí.
Nada de lo que creamos muere del todo. Nadie muere del todo mientras es recordado.
Continué mi camino con las manos húmedas y el corazón alegre. El otoño comenzaba; pronto caerían las hojas. Los colores ocres dibujarían el paisaje. Un otoño más.