El inicio
Aquella Navidad se presentaba de forma muy diferente a las anteriores; Dorothy intuía que algo no marchaba bien. No sabía qué, pero en su fuero interno sentía una inquietud desconocida hasta entonces.
Había colocado ya el árbol con todas sus luces, con su estrellita en la cúspide como siempre. Las bolitas de colores estaban armoniosamente repartidas, la nieve desbordaba las ramas superiores del abeto de plástico (por supuesto, no quería asesinar un árbol cada Navidad). Había colocado el Belén, con sus tres Reyes acercándose cada día un poco más al portal, donde los esperaba el niño Jesús. Las ovejas estaban en su redil, y los pastores caminaban hacia el portal para adorar al niño.
El río de aguas cristalinas estaba donde siempre, con una corriente de agua que provenía de la noria movida por el pequeño motor que el manitas de su sobrino le había construido. El musgo verde, recogido del campo el día anterior, mostraba su esplendor simulando la hierba que consumían unas vacas en el prado adyacente.
En otro rincón, un zapatero remendaba unas botas viejas mientras una joven cerca de allí portaba un cántaro de agua en su cabeza en dirección al grupo de pastores. Río abajo estaba, como no, el pescador con su caña; este año tampoco pescaría nada. Al fondo, a la derecha según se mira el portal, imponente, se divisaba el castillo de Herodes, señal inequívoca de los futuros riesgos que afrontará el recién nacido.
Sobre el portal, la imagen del ángel anunciando la buena nueva a los pastores. Ni que decir tiene que el niño Jesús, como siempre, ocuparía el centro de la escena. Por encima, un cielo estrellado de azul intenso sobre el que destaca ella, la estrella de Belén que guía a los Reyes. El buey, la mula, la Virgen, San José, cada uno en su lugar, perfectamente estudiado y mantenido durante años por la tradición familiar. Así lo hacía Dorothy desde niña, así lo hizo también su madre y su abuela y, hasta donde se recordaba en aquella católica familia.
Había pasado la tarde de aquel domingo de diciembre colocando el árbol y el portal. Había tenido que rescatarlos, como cada año, del desván, donde pasaban la mayor parte del año acumulando polvo. Después de muchos años colocando el portal, había conseguido (no fue fácil) que las gallinas no fueran más grandes que los cerdos, que los camellos de los Reyes no parecieran elefantes al lado del buey; que todo, en definitiva, tuviera la proporcionalidad que Dorothy tanto deseaba en las cosas. Este año, como novedad, no se había roto ninguna pieza al sacarlas de la bolsa; eso estaba muy bien, ya que, tal como estaban las cosas, no habría podido sustituirlas.
Todo estaba, aparentemente, en su sitio y, sin embargo, no podía deshacerse de esa sensación de que algo andaba mal, de que algo no era correcto o de que algo iba a pasar fuera de lo habitual.
“Es mi manía de que todo esté perfecto”, se dijo, “soy una eterna insatisfecha; tengo que dejar de revisar todo setenta veces”.
Pero algo falta o algo no está en su lugar. Veamos:
Los Reyes, los camellos, los pajes, los corderos, las gallinas, el ángel, el niño, la Virgen, San José, los pastores, el musgo, el río, los patos, el pescador, el castillo, los romanos, la vaca, el buey, el cielo, la estrella… ¡Ostras, el caganer!
El descubrimiento
Lo sabía, sabía que faltaba algo, pero ¿dónde está? Seguro que se ha quedado en la bolsa, es tan grande y hay tantas figuras que en algún recoveco se ha quedado. Estoy segura de que está allí porque recuerdo perfectamente que el año pasado al guardarlo me pregunté en voz alta: “¿Y tú qué haces aquí? ¿Qué pinta esta figura en un Belén? ¿A quién se le habrá ocurrido?” Así que allí ha de estar.
Pero no, no está en el fondo de la bolsa, ni en los alrededores del comedor donde se ha montado el Belén, ni en el desván donde se guarda la bolsa cada año. ¿Dónde se ha podido meter? Una figurita de barro no va a ninguna parte, se dijo.
De pronto, le pareció que escuchaba un chistido: “chist chist”. Pero no puede ser, estoy sola, los niños se han ido al parque a jugar con su padre.
“Chist, chist”, escuchó de nuevo desde la parte trasera del sofá del comedor.
“Debe de ser mi imaginación; el estrés de estos días me está pasando factura”.
“¡Estoy aquí!”, se escuchó ahora muy bajito, como si fuera la voz de un mosquito que zumba en verano.
Solo entonces, al mirar el sofá, Dorothy se percató de la cabecita que sobresalía, tocada con su barretina, de la junta de dos cojines. Se frotó los ojos con incredulidad: no puede ser, ¿estoy escuchando hablar a un muñeco?
—Te lo puedo explicar si me dejas —acertó a decir el caganer, haciendo un gran esfuerzo para que de una garganta tan pequeña pudiera salir un ruido audible para un ser humano.
—No me lo puedo creer —exclamó Dorothy, entre la sorpresa y el susto—, pero habla, habla, ¿cómo lo puedes explicar?
—Pues verás, ¿te acuerdas del día que recogiste el portal el año pasado? ¿Recuerdas tu comentario acerca de mi presencia en el portalito? Pues la verdad es que me dolió bastante, me sentí incomprendido, infravalorado, decepcionado y muchos calificativos negativos más.
No te imaginas el esfuerzo que he de hacer cada Navidad para permanecer quieto y callado en una posición tan incómoda, mientras los pastores se calientan y cenan alrededor de la hoguera. No te lo puedes imaginar.
Y luego está la cuestión biológica, a ver, ¿tú te has dado cuenta de que montas el Belén pasado el puente de la Purísima y lo quitas después de Reyes? Eso es casi un mes.
¿Y cuántas deposiciones ves tú debajo del caganer? ¿Una, no? Pues analiza entonces el grado de estreñimiento que soporto durante todas las fiestas. No es de recibo, ¿Qué trabajo te cuesta, a la vez que acercas los Reyes al portal, colocar una cagadita más cada día debajo del caganer? ¿No daría eso más realismo a la escena?
Dorothy no daba crédito a sus oídos.
—Pero, pero…
—No hay peros que valgan. Como soy un muñeco de barro sin voz ni voto, pues ale, tú te despachaste a tu gusto y me largaste al fondo de la bolsa, donde debería haber aparecido este año. Menuda depresión cogí; mi autoestima estaba por los suelos. Menos mal que aquel pastorcito que compraste en tu viaje a la Argentina, al verme tan deprimido, me dijo: “¿Qué te pasá, boludo? ¿Qué haçés tan cariacontecido?” Y me sentó en uno de los pesebres que andaba por allí y no sé cómo, pero le conté toda mi vida y mis circunstancias. Sobre todo que me sentía fuera de lugar tras tus comentarios.
Así fue como una noche, ayudado por el psicopastor, conseguí salir de la bolsa, subir a la mesa de tu despacho y conectar a internet. Así, navegando, descubrí mis orígenes y la importancia de mi puesto en el portal.
La historia
Allá por el siglo XVII empezaron a aparecer mis antepasados en los portalitos, hasta entonces tan ideales y tan espirituales. Dicen que alguien pensó que a estas composiciones les faltaba una conexión real con el hombre. Sí, el niño era Dios, pero también era hombre; tenía que haber en el portal algo que representara la debilidad humana, sus necesidades más primitivas, algo más pegado a la tierra.
Y, ¡alehop! No se le ocurrió algo más humano y una necesidad más básica que la representada por el caganer. Así fue como el primer caganer empezó a ejercer su importante labor.
Con el paso de los siglos, la tradición se ha extendido, pero no se ha explicado bien su significado. Así que tras leer varios artículos en Google, me planté ante el niño del portal y le dije:
—Querido Jesús, permíteme que la próxima Navidad pueda realizar un pequeño milagro y explicar a algún humano qué significan las piezas del portal.
Explicar que:
- La estrella que guió a los Reyes hasta el lugar donde había nacido el niño Jesús representa la luz y el camino hacia Dios.
- La mula representa al hombre y su humildad.
- El ángel significa amor, bondad y misericordia.
- San José, artesano, es símbolo de fuerza y rectitud.
- La Virgen María representa fidelidad, bondad y devoción por Dios.
- El niño Jesús es el auténtico Guía, el Salvador y encargado de transmitir el mensaje de Dios al mundo.
Y así, con todas y cada una de las figuras del portal, incluido yo como representación de las necesidades y debilidades humanas.
El niño sonrió y me dijo:
—Sea como tú quieres.
Y aquí me tienes.
De pronto, Dorothy sintió algo bajo sus pies, algo pequeño y duro. Miró hacia abajo y allí estaba: el caganer del portal. ¿Había caído de la bolsa y no lo había visto? Pero, ¿Dónde estaba el que le hablaba desde el sofá? Juraría que hace solo un momento estaba allí hablándole, ¿o había sido solo su imaginación?
En ese momento, a través de la ventana, empezó a escuchar la letra de un villancico:
«Navidad, navidad, dulce Navidad…»
Entonces tomó el muñeco de barro del suelo y lo colocó en un lugar preferente de su portal y dijo:
—Ahora todo está bien, porque si el hombre está bien, el mundo también estará bien.
Aquellas fueron unas navidades felices para Dorothy.
Moraleja:
Para ser feliz, hemos de darle su tiempo y su espacio a cada cosa; en la naturaleza, todo tiene su lugar y su función.
¡Feliz Navidad!