Aquel había sido un día muy duro. Nos habíamos levantado a las seis de la mañana para ordeñar las vacas que aún vivían en la cuadra de la casa del pueblo, situada en la parte trasera. No sería hasta años después que emigrarían junto con el mulo y los cerdos a las instalaciones del campo. Pero hasta entonces compartieron la cuadra del corral de la casa.

Yo tenía entonces diez u once años, iniciaba mi bachillerato a la vez que ayudaba a la familia en las tareas del campo. En verano, como era aquel día, solo trabajaba en el campo a la espera del inicio del nuevo curso. Nada extraño en aquel tiempo, una buena parte de mi generación trabajó en el campo a la vez que estudiaba.

Pero volvamos a aquel día de verano. Tras el ordeño y el envío de la leche al punto de recolección, mi padre sacó el mulo de la cuadra, le puso los arreos y enganchó el carro. Se trataba ya de un carro “moderno” con sus ruedas de goma, nada que ver con el anterior con llantas metálicas, incómodo y ruidoso.

Nos subimos a nuestro habitual medio de transporte, el carro, y a las ocho de la mañana ya estábamos en el campo, escardando los tomates. La escarda de los cultivos era una dura tarea que no tenía fin; cuando acababas de escardar por una punta de la parcela, la hierba ya había crecido por la otra. Así hasta que el cultivo “se hacía” con el terreno, sombreándolo e impidiendo el desarrollo de las malas hierbas. Eran muchas horas bajo un sol abrasador, inclinados, manejando el almocafre, echando de cuando en cuando un trago de agua del botijo, siempre fresco, que permanecía a la sombra de algún árbol en el lindero.

Así estuvimos hasta el mediodía. Almorzamos a la sombra de la higuera, dormimos la siesta, mi padre más que yo, y por la tarde continuamos las labores. Había que recoger alfalfa para el ganado y continuar con la escarda.

Mi padre fue un hombre serio, parco en palabras, trabajador, amante de la vida familiar, poco amigo de los bares a los que acudía muy de tarde en tarde.

Era un hombre del campo pero con inquietudes culturales, con él se podían aprender cosas prácticas, como calcular el valor de un cerdo trasformando las libras en arrobas, o charlar sobre la lucha de clases tan en boga en su época de juventud, escribía con una bonita letra y le gustaba hacer poemas.

En cierto modo era un hombre renacentista, era tan pronto albañil como carpintero, papirofléxico o agricultor.

Con él aprendí mucho el campo y de la vida.

Serían ya cerca de las nueve de la noche cuando mi padre dijo “vámonos”, dando por terminada la jornada en el campo. “Ve enganchando el carro”, me dijo. Comencé entonces con la tarea de aparejar el mulo, Canario era su nombre, y engancharlo al carro. Cargamos después toda la alfalfa que había segado con la guadaña para llevárnosla a casa; allí la esperaban las vacas.

Cuando la carga estuvo completa, mi padre tomó las riendas y yo me subí sobre la alfalfa recién segada. Aún puedo oler aquella hierba fresca. El sol tocaba ya el horizonte, pintando de rojo el paisaje. Salimos del campo en dirección oeste por el largo camino que bordeaba el desagüe.

El camino, de tierra, discurría entre los campos vecinos, ocupados con los mismos cultivos que el nuestro. Los pájaros buscaban ya su refugio nocturno en las copas de los árboles. Entonces, mi padre, que muy de tarde en tarde cantaba, se arrancó con una copla. No recuerdo la música ni tampoco la letra, pero recuerdo el momento y las sensaciones, sobre todo las sensaciones.

Yo, tirado sobre la alfalfa verde recién cortada, sentía el frescor de la noche que se avecinaba tras el calor sofocante de aquel día de verano de duro trabajo. Los colores, los olores, el tacto de la hierba y la música de aquella voz, no muy potente pero bien entonada. Pensé que aquella era la recompensa a un día de trabajo: poder vivir aquellas sensaciones en todos los sentidos compensaba los esfuerzos.

Sé que poco después llegaríamos a casa, descargaríamos la alfalfa y daríamos al mulo su ración de cebada, y tocaría descansar. Todo eso lo sé porque era lo habitual, pero aquel momento del camino lo recuerdo en todos sus detalles y sensaciones.

Estoy seguro de que con palabras no he logrado describir el momento, es imposible.

Mi padre ya no está físicamente con nosotros, pero lo siento en cada árbol, en cada hortaliza que siembro, en cada semilla que hundo en la tierra.