Una historia

Había una vez un pueblo que era prospero y sus gentes vivían bien dentro de lo difícil que era la vida en aquella región.

El pueblo no era muy viejo, no habían pasado por él los romanos, ni los árabes, ni los Tartessos, no habían pasado porque en esa época el pueblo, sencillamente, no existía. Eso no era obstáculo para que en alguna ocasión algún agricultor que labraba sus tierras encontrara alguna moneda romana, algún trozo de ánfora u objetos similares, señal de que otros pueblos habían circulado por allí, sin dejar apenas rastros.

Cuando se creó el pueblo, a mediados del siglo XX, sus gentes eran muy pobres, muchos no tenían ni un mendrugo que llevarse a la boca y solo la caridad de sus vecinos impedía que muchas noches se fueran a la cama sin haber dado trabajo alguno a su sistema digestivo. Otras veces se alimentaban de hierbas recogidas en el campo o de habones secos que distraían de la alimentación de las bestias utilizadas como fuerza de trabajo, bueyes, mulas, burros, que en aquel tiempo eran habituales.

Mucho de aquellos vecinos se habían iniciado en el trabajo a edad muy temprana para ayudar a la economía familiar en sus pueblos de origen, algunos muy lejanos del que ahora habitaban, con lo que su educación había sido interrumpida brusca y prematuramente. En consecuencia, eran analfabetos, no sabían leer ni escribir.

Analfabetismo que era más frecuente en las mujeres, siempre discriminada en aquella sociedad de mediados de siglo.

Esa condición, esa falta de oportunidades en su niñez les llevaba a desear para sus hijos una vida mejor a la que ellos llevaban.

Aquella sociedad cien por cien agraria trabajaba de sol a sol con los escasos recursos de que disponían y poco a poco fueron progresando.

Ansias de conocimiento

Aquellas gentes tenían una gran ansia de conocimientos, era frecuente que en las largas noches de invierno, los que sabían leer leyeran historias a los que no habían tenido la oportunidad de hacerlo. Era hermoso ver el hambre de cultura que tenía aquel pueblo.

Llegaron los primeros maestros y los niños comenzaron a aprender. Aprendieron a leer y escribir, a sumar, restar, multiplicar y dividir.

Llegó el momento en que necesitaron desplazarse a un pueblo mayor para seguir aprendiendo, pero no tenían recursos.

Los mayores se habían constituido en cooperativa para adquirir medios productivos que les facilitaran las duras tareas del campo.

Fue entonces cuando algunos padres plantearon la cuestión:

“Nos estamos planteando comprar un tractor para facilitarnos las labores, pero que os parece si en lugar de eso compramos un microbús para llevar a nuestros hijos a seguir progresando en sus estudios, tendremos que trabajar aún más que hasta ahora, pero la educación de nuestros hijos es lo que puede garantizarles un futuro mejor”

Fue así como los hijos de aquellos pobladores, gracias a aquella decisión, pudieron realizar estudios de bachillerato y posteriormente superiores.

La siguiente generación ya contaba con maestros, ingenieros, médicos, arquitectos y todo tipo de profesionales.

El pueblo siguió creciendo y progresando, alcanzó un buen nivel económico y social.

Se instaló una biblioteca y la gente leía y se culturizaba.

El síndrome de las pantallas

Pero de pronto todo cambió, a finales de los años noventa comenzaron a nacer las redes sociales y la tecnología empezó a desarrollarse con fuerza.

Los jóvenes, especialmente, se lanzaron a un mundo desconocido hasta entonces de comunicación instantánea, juegos on line y pantallas a todas horas.

Fue tal la fiebre de pantallas que los jóvenes dejaron de leer libros y periódicos, eso empezó a tener consecuencias a nivel individual y colectivo.

La lectura ejercita la mente, estimula la imaginación, mejora la comprensión y el análisis crítico. En consecuencia, todos estos criterios empezaron a decaer, la gente perdió la capacidad de imaginar y sorprenderse, solo querían la inmediatez de las redes sociales, era frecuente ver grupos de jóvenes alrededor de una mesa sin dirigirse la palabra, cada uno chateando en su red social.

Los ancianos no entendían que pasaba ¿Cómo se había llegado a aquella situación? ¿volvería a haber analfabetos en el pueblo?

Pasados unos pocos años, las librerías cerraron, nadie escribía historias porque nadie las leía.

Al olvidarse de leer aquel pueblo olvidó su historia y, ya se sabe, el pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla. Así ocurrió, el nivel cultural bajó y el desarrollo económico se degradó.

Finalmente, aquel que había sido un pueblo prospero, se quedó vacío y desapareció.

 Nota del autor:

Esta es una historia ficticia de un pueblo ficticio cualquier parecido con la realidad es pura fantasía. ¿o no?

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