Salga a la pizarra, señor Fernández, dijo el profesor de matemáticas.
José Luis, de 13 años de edad, salió a la pizarra con una mezcla de miedo, respeto y ganas de hacer méritos ante sus compañeros de bachillerato y, por supuesto, de D. Adolfo, su profesor.
Desarrolle la fórmula de solución de las ecuaciones de segundo grado.
José Luis tomó la tiza y comenzó su desarrollo. La ecuación de segundo grado tiene la forma ax² + bx + c = 0. Para llegar a la fórmula general de solución, dividimos los dos términos de la ecuación por a, asumiendo que a ≠ 0, reorganizamos la ecuación y…
[… siguió con su desarrollo …]
… hasta llegar a la fórmula general.
x=(-b±√(b^2-4ac))/2a
Muy bien, señor Fernández, ¿cómo ha llegado usted a esa solución?
Usted lo explicó en la última clase, respondió José Luis, ahora ya más tranquilo y seguro de la valoración positiva de D. Adolfo y de la impresión de buen estudiante dada ante sus compañeros y, especialmente, ante sus compañeras.
Estupendo, respondió D. Adolfo, ¿alguno de ustedes tiene alguna duda al respecto de este tema?
Esta conversación, ficticia pero muy real, se desarrollaba habitualmente en los colegios, institutos y universidades de este país hace no demasiado tiempo, tan poco que forma parte de mis recuerdos de juventud. Hubo un tiempo en que a los profesores se les tenía un gran respeto, un tiempo en que una forma de expresar ese respeto se reflejaba al hablarles de usted, el mismo que el profesor otorgaba al alumno: «Salga a la pizarra, señor Fernández». Hoy las noticias están llenas de casos de profesores maltratados por los alumnos y, digo más, hay casos de padres maltratados por los hijos.
En muchas encuestas, se ha observado que el respeto hacia los docentes ha disminuido en comparación con décadas anteriores. Por ejemplo, un estudio de la UNESCO reveló que muchos educadores sienten que su profesión no es valorada adecuadamente por la sociedad.
Esto no es otra cosa que la consecuencia de una falta de respeto a los unos y a los otros y, en esa rueda, terminan entrando los colegas, la pareja, el vecino y las instituciones. Hemos pasado por una ley del péndulo, de un exceso de autoridad a una falta, casi total, de autoridad, y eso se refleja en el día a día. No se interprete de mi reflexión que estoy proponiendo la vuelta a la fórmula del «usted» entre profesor y alumno, aunque no estaría mal. Lo que estoy reclamando es una vuelta al respeto al profesor, a los mayores, a la autoridad y, por extensión, a las personas.
De la generación «Salga usted a la pizarra, señor Fernández» salieron políticos que respetaron a sus oponentes, fueran estos de derecha o de izquierda, y fueron capaces de ponerse de acuerdo justamente por eso, porque los respetaban. Hoy nuestros políticos, que son un reflejo de la sociedad, no destacan por el respeto al oponente y así nos va. Uno de aquellos grandes políticos, Julio Anguita, cuya filosofía no comparto pero respeto, escribió un libro titulado «Vivo como hablo», donde se trata de reflejar la coherencia entre sus palabras y sus actos. Si profundizamos en la frase «vivo como hablo», podemos llegar a entender lo que ocurre cuando el lenguaje se degrada. Las palabras influyen en nuestros pensamientos, aunque después nuestros pensamientos se expresen a través de la palabra. Este fenómeno se conoce como el principio de relatividad lingüística o la hipótesis de Sapir-Whorf. Esta teoría afirma, entre otras cosas, que:
- El lenguaje puede influir en nuestras emociones y actitudes. Palabras positivas pueden generar sentimientos de felicidad y optimismo, mientras que palabras negativas pueden inducir tristeza o ansiedad.
- Las palabras que usamos pueden afectar cómo percibimos y categorizamos el mundo.
Seamos conscientes del poder de la palabra, volvamos a hablar con respeto, que no con sumisión. Apliquemos aquel refrán español que dice:
«Lo que se aprende con babas no se olvida con canas».
De ahí la gran responsabilidad que tienen los padres en la educación de los hijos. De ellos depende, en gran medida, que le tengan el respeto que merecen los sufridos formadores de hoy que, bajo mi criterio, deben aportar formación. La educación se aprende en casa.
Totalmente de acuerdo con tus comentarios y conclusiones. Saludos.
Muy interesante reflexión, Serafín.
Cuanta verdad encierra este comentario ya no hay respetó tendremos más cultura pero la educación brilla por su ausencia yo que he trabajado al servicio publico durante más de cuarenta años lo he notado día tras día antes te subían los viajeros con educación y respeto te daban los buenos días buenas tardes y ya suben y te ben como una pieza más de la máquina que conduces y si algo te hablan es para decirte sus derechos pero sin saber sus obligaciones y así muchas cosas más gracias por esta reflexión y aver si se toma ejemplo y se puede mejorar cuando la pandemia se decía cuando esto pase vamos a ser más sociables y mejores sin embargo nos emos vuelto aún más agresivos y exigentes saludos