De Sarnago a Extremadura

Caminaba al frente con paso firme y decidido, ese paso y esa decisión que
hacía que el grupo la siguiera ciegamente.
Miraba el repecho cubierto de nieve que se elevaba unos doscientos
metros hacia el sur y no veía un obstáculo porque sabía que al coronar esa
cima encontraría un valle orientado al mediodía, donde la nieve no
cubriría aún los pastos.
Lo tenía en su memoria alimentada por mil leyendas de la trashumancia
contadas al amor de una candela en una noche de lluvia y frío. Por eso sabía que
el camino sería duro, desde Sarnago hasta las tierras más cálidas de Extremadura. Sabía que el camino estaba lleno de riesgos, acantilados, frio nieve y los temidos lobos. Conocía muy bien los riesgos, pero también conocía el premio al final del ca mino.
Miró hacia atrás empujando con su mirada al grupo, en consecuencia este reaccionó
acelerando el paso. En unos minutos la cañada real se abría paso entre un prado verde, aun libre de la pesada losa de la nieve, que lo ocultaría todo el invierno, eso era lo que ahora tocaba en las Tierras Altas de Soria.
El tibio sol de la mañana iluminaba el campo, suspiró aliviada cuando todo el grupo estuvo en el prado, parada obligada.


El ladrido de un perro le avisó de la presencia del pastor, entonces abrió los ojos y lo vio, era Lorenzo que le traía su ración diaria de comida al aprisco donde pasaría los últimos días de su vida, era lo mínimo que podía hacer por la que durante años había sido la capitana de su rebaño.
Ella sabía que ya no había más trashumancia, pero nada le impedía recordar aquellos días de vida libre en el campo, de riesgo y aventura, de paz y verdes prados, recordar es volver a vivir.

Nota del autor:

1Este texto esta inspirado en la trashumancia de ganados entre el norte y el sur de España.

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