Maria introdujo la llave en la puerta de su casa, unos segundos antes Quino, su perro, ya la había detectado y ladraba dándole la bienvenida. Cuando finalmente abrió la puerta Quino saltó a su alrededor mostrando su alegría, gracias parecía decir en su perruno idioma, gracias por volver a casa, por no abandonarme.
Vamos vamos, buen perro, susurraba Maria, ya estoy aquí, bueno bueno tranquilo.
Poco a poco el animal fue bajando su euforia y al cabo de unos minutos reposaba tranquilamente en su cesto situado junto al sofá del comedor, ese mismo sofá donde Maria pasaba horas viendo la televisión y leyendo novelas románticas, la mayoría de ellas ya las había leído en su juventud, pero ahora ya septuagenaria, le apetecía volver a vivir algunos de aquellos romances que leyó hace años, cuando empezaba a tontear con German ¡que tiempos aquellos tan lejanos¡ solía pensar.
Si, le apetecía releer alguna de aquellas historias, pero además su capacidad de comprar libros había mermado considerablemente cuando se quedó viuda y la pension de German se esfumó de la noche a la mañana. Ahora sus ingresos le alcanzaban escasamente para malvivir sola en su casa con su perro.
Con parsimonia fue sacando del bolso la compra, un poco de pollo para la cena, arroz para el almuerzo, unos plátanos para el postre, esto en la despensa, esto otro en el frigorífico. Que pereza hacer de comer para una sola, pensaba mientras colocaba la compra, y esta casa tan grande y yo tan sola.
Del fondo de la cesta rescató dos bolsitas de plástico.
—Quino ven aquí, mira lo que te he traído—vocifero desde la cocina y Quino como una exhalación apareció dando saltitos a su alrededor, sabía que su premio sería una golosina, Maria siempre se la traía del mercado, regalo de alguno de los tenderos de la plaza, mas amigos que proveedores a fuerza de años de convivencia.
—Mira este trocito de Manolo, el charcutero, este otro de Blas el de los quesos.
Quino lo engullía al segundo.
Vale ya está, vete a tu cojín—
Y Quino tras resistirse unos minutos volvió a su refugio.
—Ale a descansar a tu cesto, le gritó Maria que ya estas muy mayor—
Vaya que si está mayor, continuó hablando como si alguien la escuchara, como que llevamos juntos más de doce años que dicen que supone como ochenta en un humano, vamos que somos de la misma edad.
Maria recordaba a menudo el día que German llegó a casa con el chiguagua metido en un bolsillo de su chaqueta.
Mira lo que te traigo, le dijo, mete la mano aquí en mi bolsillo y Maria obediente la metió pero la saco horrorizada, ahí hay un bicho le grito a German que rio a carcajadas ante la reacción de su esposa.
Mira, tonta, es un perrito, recuerda que le dijo, ahora que estamos solos nos hará compañía.
Ya los niños se fueron de casa y hacen su vida y este puede darnos un poco de cariño, lo he visto tan pequeño, me miró con esos ojitos desde la tienda de animales que no he podido resistirme.
Luego, recuerda Maria, cuando era todavía un cachorro le gustaba ponerse en su regazo mientras miraba como German leía Mafalda, una de sus aficiones, parece que le gusta Quino repetía divertido hasta que un buen día le dijo, como aun no tenemos muy claro su nombre le podíamos poner Quino y Quino se quedó.
Doce años ya hace de eso y diez sin German, suspiró acongojada ante aquel recuerdo. Cincuenta años de vida habían compartido para entonces, después de un largo noviazgo, se casaron y se quedaron a vivir con los padres de Maria, cincuenta años felices, después todo empezó a desmoronarse.
De su marido, añorado, su pensamiento voló a sus hijos German y Dolores y a sus nietos a los que veía muy de tarde en tarde, algo mas a los de German que vivía al otro lado del pueblo, él de vez en cuando venía a verla, demasiado poco para Maria.
—Ando muy liado Madre—le decía cuando ella se quejaba de lo poco que los veía a el y sus hijos.
—Siempre hay tiempo para visitar a una madre, le reprendía ella, a vosotros que vivís en el pueblo os veo poco pero a tu hermana Dolores desde que se fue a la capital la veo una vez al año, y yo a mi edad no estoy para andar viajando, trabajo me cuesta salir a la compra—
—La vida de hoy no es como la de antes, le respondía German, yo trabajo, mi mujer también y el poco tiempo que tenemos lo aprovechamos para salir un rato con los niños—
Maria se sabía la conversación de memoria, pero se revelaba ante aquella soledad de su vejez. Añoraba profundamente aquel tiempo, hoy ya tan lejano, en que la casa estaba llena de risas y juegos de los niños, los suyos y los de sus vecinos, Añoraba el abrazo de su esposo mientras dormía, añoraba las pequeñas riñas de sus padres los últimos años de su vida en aquella misma casa que también había sido de sus abuelos, se sentía sola y abandonada, no entendía la vida de hoy con tantos mayores en las residencias de ancianos, sin sus familias, al menos yo estoy en mi casa, se consolaba, no sé hasta cuándo.
Aunque sola del todo no estoy tengo a Quino .
En ese momento, como si sus pensamientos estuvieran unidos mas allá de las diferencias entre especies, Quino apareció en la puerta de la cocina donde Maria rumiaba sus pensamientos, se acercó muy despacio a ella y lamió sus zapatillas, ella se inclinó para acariciarle el lomo y él le correspondió lamiendo su mano.
Ella suspiró, Menos mal que tengo a Quino. Se agachó tomó al animal entre sus manos, lo acurruco en su regazo como cuando era un cachorro y le deposito un beso en su cabecita.
—Vamos, compañero, a preparar la comida para los dos—
Nota del autor.
¿Alguna vez te has sentido tan solo como María? Comparte tu experiencia en los comentarios.
Qué tierno, la soledad es algo que nos acompaña demasiadas veces. Muy bien escrito. Emocionas. Enhorabuena Serafín