Una centuria romana recorría la calzada que llegaba hasta la capital de la Lusitania en dirección oeste. Eran los últimos del último regimiento que había luchado contra los invasores, que llegaban arrasándolo todo a su paso. Longinos era el último de la fila, mientras cabalgaba rumiaba sus pensamientos, ¿Qué sería de su proyecto de la casa de campo que pensaba comprarse cerca de Emérita Augusta, aprovechando su paga de soldado de las legiones romanas? ¿Qué sería de su huerta, donde cultivaría todo lo necesario para el alimento de la familia? Ahora que las legiones romanas huían en retirada, todos esos sueños eran solo eso, una fantasía. Los bárbaros avanzaban por todo el imperio y ellos, el último reducto, huían hacia Lusitania.
Instintivamente llevó su mano a la bolsa donde portaba su dinero. Lo había ganado en múltiples batallas poniendo en riesgo su vida, al menos confiaba en que este dinero sirviera para garantizar su futuro en otro lugar. Abrió la bolsa y sacó un puñado de monedas, sonrió satisfecho de sus logros. Justo en el momento en que un ruido se escuchó a sus espaldas, giró la cabeza y vio a un grupo a caballo que avanzaba hacia ellos. ¡Bárbaros!, gritó y algunas de aquellas monedas rodaron por el suelo, mientras sus manos se aferraban a la rienda y lanzaba en su caballo al galope.
Todo el grupo corrió como desesperado ante la presencia de aquellos salvajes que amenazaban sus vidas. No era ya momento de presentar batalla, era momento de huir. Así lo hicieron Girando a la izquierda hacia el río Anás, cabalgaron y cabalgaron hasta cruzar el río. Allí estarían a salvo.
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Habían pasado varios siglos y por aquella tierra habían pasado varias civilizaciones: visigodos, árabes cristianos, pero ninguno había dejado rastro alguno de su presencia. Ninguna construcción daba cuenta de ello, ni castillos, ni torres, ni casas, solo una tierra seca e improductiva. El río que los árabes habían rebautizado como Guadiana inundaba periódicamente aquella tierra destruyendo todo lo que encontraba a su paso.
Ahora un proyecto de la segunda República trataba de regular aquellos cauces y convertir el secarral en regadío. El proyecto incluía la construcción de varios pueblos y reparto de tierras entre obreros de la comarca y venidos de otras provincias de España.
Pero todo aquello había quedado en el olvido con el devenir de la guerra civil. Al final de aquella guerra fratricida el gobierno retomó el proyecto republicano con la denominación genérica de planes de desarrollo. En concreto el que afectaba a aquellas tierras, se denominó Plan Badajoz
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Manuel se levantó muy temprano aquel 14 de octubre de 1948. Había pasado la noche medio en vela. Los acontecimientos del día anterior le tenían preocupado. Había recorrido poco más de 100 kilómetros con su familia para llegar al nuevo pueblo. Llegaron en un tren de madera, muy lento, incómodo, en ese corto trayecto habían invertido algo más de siete horas.
Viajaron con otras nueve familias, todas con la misma ilusión y las mismas dudas.
En su pueblo había quedado toda su gente. No sabía si los volvería a ver algún día. Le acompañaban su mujer y sus tres hijos
Se habían lanzado a la aventura de conquistar una nueva tierra acá en las Vegas bajas, les ha habían prometido una casa y un terreno de regadío, pero cuando llegaron a su destino no había ni casa ni tierra. Todo estaba en construcción.
Los alojaron en unos barracones próximos a la Calzada Romana que en su día unía Emérita Augusta con Ulissipo, hoy Lisboa, pasando por la Pax Augusta.
Ahora, en su primera mañana en esta nueva tierra, Manuel había madrugado, no podía dormir. Se levantó de la cama con cuidado de no despertar a Isabel y salió al exterior. Era la primera vez que veía aquella tierra que, al parecer, iba a ser su hogar a partir de ahora. La visión le desconcertó. Una gran llanura sin un solo árbol hasta donde alcanzaba la vista, barro por todas partes y cardos, muchos cardos, un grupo de barracones junto a la calzada y, a lo lejos, lo que parecían los inicios de construcción de una iglesia.
Manuel recordaba ahora la reunión de hacía ya dos años en al ayuntamiento de su pueblo. Aquel señor tan bien hablado, lo había dicho muy claro. En nombre del Instituto Nacional de Colonización, les prometió que le adjudicarían un lote de casa y parcela de regadío a los que estuvieran dispuestos a marcharse a los pueblos nuevos. Lo dijo muy claro, pero Manuel no veía lo prometido por ninguna parte. El solo veía cardos. ¿Habría sido un error traer aquí a su familia? Quizás lo fuera, pero ahora no había más remedio que seguir adelante.
De forma inconsciente metió la mano en el bolsillo de su chaleco y sacó el tabaco. Lo enrolló con parsimonia, sacó el chisquero y lo encendió. El humo inundó sus pulmones durante unos segundos. A lo lejos otro humo, el de un tren que cruzaba la vega atrajo la atención de Manuel. Se sorprendió porque le habían dicho que había más de cuatro kilómetros hasta la vía, pero se veía y se oía perfectamente desde donde estaba. Esto es un desierto.
Entonces vino a su mente el rosal que habían traído para plantar en la nueva casa.
Quedará perfecto aquí en la puerta del barracón, se dijo. Se dirigió a la parte de atrás, donde lo habían dejado por la noche. Era la parte dedicada a las bestias. Cogió el rosal y una azada. Volvió a la puerta y comenzó a cavar. Amanecía.
Cavar era fácil en un terreno muy húmedo, encharcado. Había llovido toda la noche. Iba a ser una labor fácil. Cuando se levantara Isabel, el rosal que le regaló su madre ya estaría plantado.
De pronto, la azada produjo un sonido metálico y unos círculos de tierra aparecieron ante su vista. Se preguntó que sería mientras los tomaba en su mano. Parecen monedas. Miró a su alrededor como buscando una explicación, pero sus ojos solo hallaron un gran charco de agua cerca de la puerta del barracón vecino. Se acercó y con mucho cuidado fue lavando cada uno de los tres círculos metálicos. Efectivamente, eran monedas. Sin saber por qué un escalofrío recorrió su cuerpo. Eran monedas, pero no cualquier moneda: eran monedas romanas.
Manuel no sabía nada de monedas hasta que coincidió en el campo de concentración con Dionisio, historiador y numismático de Valladolid que había dado allí con sus huesos por la falta grave de ayudar a unos vecinos a desprenderse del hambre, vecinos que resultaron ser republicanos y que habían agradecido públicamente la ayuda del numismático. Cosas de la posguerra.
La suerte de Dionisio y a la vez la de Manuel cambió cuando cerca del campo donde cumplían sus penas, aparecieron unos restos romanos y el director del centro pidió la colaboración de Dionisio en la excavación llevando este a Manuel como ayudante.
El pensamiento de Manuel voló hasta su antiguo compañero. Sabía que si Dioni hubiera estado allí le habría dicho a qué siglo y a que emperador pertenecían. Yo solo sé que son romanas, cómo las que él me enseñó.
Apretó las monedas en su puño y sintió, más que oír, un galope de caballos. Fue un segundo, como si lo fueran a arrollar, luego abrió la mano, miró las monedas y tuvo la sensación de que no era la primera vez que las veía. Qué cosas nos pasan por la cabeza, se dijo. Estas monedas deben llevar aquí siglos. Miró alrededor y volvió a mirar las monedas. Esto es una señal de que tendremos un futuro próspero en este lugar. Aquí se cumplirá mi sueño de tener una casa y una tierra propia donde criar y alimentar a mi familia.
Guardó las monedas en el bolsillo del pantalón y acabó de plantar el rosal. ¡Qué alegría le va a dar a Isabel cuando lo vea!
Se dirigía a guardar la azada cuando rechinó la puerta del barracón vecino y una cabeza asomó por ella.
-Buenos días. Me llamo Roberto.
– Vengo de Hornachos.
Manuel le estrechó la mano con fuerza.
– Yo soy Manuel. Parece que vamos a ser vecinos ¿no?
-Si, al menos hasta que se construyan las casa que aún no están ni empezadas.
Pasarían tres años más hasta que Manuel y el resto de los colonos pudieran ocupar sus casas y sus tierras.
Lucharon contra los elementos, trabajaron de sol a sol, se empeñaron en que aquellas tierras, antes llenas de cardos, se convirtieran en un vergel. Como en todo grupo humano hubo quien, cansado de la lucha, abandonó. Pero la mayoría persistió en su empeño y lo consiguió.
Aquel puñado de barracones se ha convertido en un pueblo próspero y activo que cada año recuerda a aquellos primeros pobladores en el día del colono.
Hoy que asistimos a la muerte de algunos de nuestros pueblos, conviene recordar la gesta de aquellos primeros colonos de los planes de desarrollo que con su esfuerzo consiguieron: el nacimiento de un pueblo, de muchos pueblos y así cumplieron su sueño, el sueño de Longinos.
GENIAL!!!