Caía la tarde en el bosque, el día había sido caluroso y un ligero viento soplaba del norte. Toda suerte de animales correteaba por el suelo, el aire y el agua.
—¡Feliz Navidad! —gritó el conejo al cruzarse con la tortuga.
—¿Feliz Navidad? ¿En agosto? —respondió ella con cara de sorpresa.
—La vida va más de prisa ahora, tortuga. Si sigues a tu paso, perderás no solo medio año sino un año entero. Para mí ya es Navidad y para ti solo agosto. Cuando tú llegues a Navidad ya no habrá turrones, ni portalitos, ni comidas de empresa. Te lo perderás todo por ir tan lenta. Antes el pez grande se comía al chico, ahora el pez rápido se come al lento. ¿Te enteras?
—Vaya, qué prisas llevas siempre, conejo. Así no puedes disfrutar del bosque. ¿Has visto qué frutos tan lindos tienen estos árboles? ¿Te has fijado en la puesta de sol tan espectacular que tenemos hoy? Los rayos de sol penetran suavemente entre las ramas de los árboles dándoles mil colores. La suave brisa refresca el anochecer, los pájaros cantan sus últimos trinos del día mientras buscan su abrigo para la noche. Vas tan de prisa que no te fijas en los pequeños placeres de la vida. Mi ritmo lento me permite disfrutar de todo eso.
—Pues la verdad es que no, no me he fijado, no tengo tiempo para esas pamplinas. Soy un gran emprendedor y no me puedo distraer de mi función principal. Estoy cultivando un campo de zanahorias que quiero llevar al mercado para ganar un buen dinero.
—¿Y para qué quieres el dinero, conejo?
—Pues te lo cuento, hay un campo junto al mío y quiero comprarlo para duplicar mi producción. Si no creces, estás muerto, es la ley del mercado.
—¿Y para qué quieres duplicar la producción? ¿No te basta con tu campo?
—Es sencillo, me ha dicho mi asesor que así podré suministrar zanahorias a las cadenas “Conejofour” y “ El Conejoinglés” que sirven a todos los conejos de este bosque y varios más. Con un poco de suerte, en pocos años, me quedo con toda la producción y así podré comprar varios camiones para hacer el reparto con mis propios empleados.
—¿Y cuando tengas tus camiones y tus empleados, qué harás, conejo?
—Bueno, eso será todo un éxito para mí. Quiero ver mi marca de zanahorias “El Conejo Veloz” en todas las casas. Saldré en los periódicos y me haré famoso.
—¿Y cuando alcances el éxito que anhelas, qué harás, conejo?
—Entonces probablemente me retire en este bosque, me haga una casa y disfrute con calma de estas puestas de sol y de todo lo que nos rodea. Debe ser maravilloso.
—Vaya, eso es lo que yo hago ahora, ¿no te parece? —dijo la tortuga.
El conejo frenó de golpe su carrera, miró fijamente a la tortuga, abrió sus grandes ojos, empinó las orejas y sentenció:
—Amiga tortuga, creo que hoy me has dado una buena lección. Gracias
—No hay de qué, conejo —respondió la tortuga sonriendo—. A veces estamos tan concentrados en el futuro y en lo que queremos lograr que olvidamos disfrutar del presente.
El conejo, aun con prisas, empezó a mirar a su alrededor. Se dio cuenta de los colores vibrantes de las flores, de cómo brillaban en el ocaso los pequeños ríos, y de la melodía tranquila que ofrecían los pájaros. La brisa fresca acariciaba su piel, y fue en ese momento que entendió que había más en la vida que la frenética carrera hacia el éxito.
—Quizás no necesite esperar a llegar al momento de mi retiro para apreciar lo que tengo —dijo el conejo, sintiendo una inquietud y una paz a la vez—. ¿Te gustaría dar un paseo conmigo y disfrutar de esta belleza?
La tortuga asintió con entusiasmo. Juntos comenzaron a caminar lentamente por el sendero del bosque, deteniéndose a mirar las bellas flores y a escuchar el canto de los pájaros. Hablaron sobre lo que les gustaba, los sueños que tenían, y cómo podían equilibrar sus ambiciones con el disfrute de cada día.
Poco a poco, el conejo fue dejando de lado su afán por la producción y el dinero. Se dio cuenta de que el éxito no siempre se mide en zanahorias o en dinero, sino también en las experiencias vividas, en las amistades cultivadas y en la belleza que lo rodea.
Cuando el sol se ocultó del todo y las primeras estrellas empezaron a brillar, el conejo y la tortuga se sentaron juntos en un claro. El conejo sonrió y, mirando el cielo estrellado, dijo:
—Hoy he aprendido que, aunque la vida es un camino lleno de oportunidades, también es esencial disfrutar de cada paso que damos.
—Y que con cada paso lento, uno puede ver más y sentir más —agregó la tortuga—. Hay un tiempo para la acción y otro para la contemplación. Tal vez ambos caminos sean igualmente importantes.
El conejo miró a su amiga, agradecido. Sabía que iba a seguir persiguiendo sus sueños y sus metas, pero ahora también entendía el valor de pausar. Caminando juntos bajo el manto de estrellas, se dieron cuenta de que cada uno tenía algo que aprender del otro, y que esa mezcla de ritmos podría traer un equilibrio perfecto para disfrutar plenamente de la vida en el bosque, cada día.
Precioso,Serafín como la tortuga hay que ir por la vida disfrutando de todo lo que hay a nuestro alrededor ,Un abrazo
Querido conejo así es la vida, momentos, sensaciones y vivencias
Solo hay que darle importancia a lo que realmente la tiene
Las prioridades se las marca cada uno