Un paseo por la playa puede ser muy agradable; tus pies descalzos en contacto con la arena y el agua te conectan con tu ser más profundo, el aire cargado de yodo llena tus pulmones de vida. Unos niños juegan en la orilla. Varias parejas de los hoteles cercanos pasean por la orilla, los he visto en el desayuno.
Los cuerpos se tuestan al sol del mediodía tendidos en toallas que los separan de la ardiente arena. La playa se asemeja a una inmensa barbacoa que el gran dios del verano, Freyr, manejara con gran soltura. De vez en cuando alguna de aquellas salchichas humanas se sumerge en la salsa que es el mar.
Miro a mi alrededor mientras siento el frescor del agua en la orilla; una ola me sorprende mojándome hasta la rodilla.
Entre los paseantes, me fijo en dos ancianos que caminan torpemente contra el viento, cogidos de la mano, como si bailaran una danza que solo ellos conocen. Se apoyan mutuamente, compensando sus ya escasas fuerzas. En sus rostros, las marcas que han dejado las arrugas de la vida. No sé quiénes son y probablemente no los vuelva a ver jamás, pero su imagen, su ternura, me han hecho reflexionar sobre el paso del tiempo.
Una suave brisa refresca el ambiente; huele intensamente a mar. Concentro mi mirada y mi atención en los ancianos.
¿De dónde serán, ¿cuál habrá sido su vida, sus ambiciones, sus penas, sus alegrías? Por unos segundos, todas sus circunstancias las hago mías.
Los observo; se paran, se miran sonrientes, se besan tiernamente en los labios y continúan su caminar.
Pienso que, al igual que yo, ellos estuvieron en esta playa hace más de treinta años. Eran jóvenes entonces, llenos de proyectos por vivir. Ahora, cuando comienza el otoño en sus vidas, muchas cosas han cambiado, pero la playa sigue aquí, el mar sigue lanzando sus olas contra la orilla en una batalla sin fin.
Los niños juegan ajenos a esa escena que, a mí, en cambio, me atrapa por su ternura. Qué diferente es el tiempo y el espacio para los niños, qué diferente su tiempo del de los adultos.
Cerca de los niños, una gaviota se lanza sobre el mar en un picado mil veces repetido y, esta vez, consigue su premio: un pequeño pescado. Las demás, ladronas circunstanciales, acosan su vuelo para robar el fruto de su esfuerzo, pero no lo consiguen.
Miro hacia atrás, siguiendo el caminar de los ancianos; sus huellas, lamidas por la lengua incansable del mar, se han borrado, como si quisieran decirme en un lenguaje desconocido que la vida es breve.
Carpe diem, aprovecha el momento, solo se vive una vez.
Los busco con la mirada, pero los ancianos han desaparecido, ya no están, se han perdido en la multitud.
Los niños ahora, entre risas, se bañan en el mar; algún día, ya adultos, recordarán este momento de felicidad.
Miro la grandeza del mar y pienso que un paseo por la playa también puede ser un paseo por el tiempo.
Escrito en La Punta del Moral, 30 años después.
Genial, Serafín. Reflexiones hermosas las que haces.
Esa es la verdadera la vida creemos que estamos lejos de llegar a viejos pero miras a Ia tras y se han pasado los años casi sin darte cuenta por eso hay que vivir el momento por qué no sabes si el canio se puede acabar sin darte cuenta