Pasó hace ya unos años, pero, a pesar del tiempo transcurrido, aún en mi memoria siguen impresos como a fuego aquellos hechos. Hechos que, a decir verdad, no estoy seguro de haber vivido o soñado, o si fui abducido por unos extraterrestres que experimentaron con mi memoria, con mi imaginación o quién sabe si con las dos cosas.
El caso es que, para mí, todo aquello sucedió de verdad, pero es tan increíble que yo mismo me pongo en duda.
Fue a principios de diciembre, cuando ya en todas las tiendas había llegado la Navidad. Antes, la Navidad empezaba pasada la Purísima, no como ahora, que en octubre ya se anuncian los turrones y el champán de Nochevieja. No, antes la Navidad empezaba más tarde, pero eso ahora no importa para lo que voy a contar.
Serían pasadas las doce de la noche. Yo estaba repanchingado en el sofá del salón; la peli de la tele —aún no había Netflix— tocaba a su fin.
De pronto, la emisión se suspendió y apareció una presentadora del telediario haciendo lo que, para mí, era un sorprendente anuncio.
—Señores espectadores —dijo—, les recordamos que al final de esta película podrán ver el debate entre Papá Noel, los Reyes Magos y el presidente del Gobierno.
Como ya conocen por nuestros informativos, el Ejecutivo ha dado un ultimátum a los Reyes y a Papá Noel: esta Navidad tendrán que declarar todos los regalos que entreguen a niños y a adultos, a efectos de ser tenidos en cuenta en la declaración de la renta. Por otra parte, al ser extranjeros y no comunitarios, se les exigirán aranceles por todos los obsequios, que serán considerados como importados.
Me froté los ojos, me pellizqué las mejillas. No puede ser —me dije—, esto tiene que ser una broma. Miré el calendario: no era 28, no es una inocentada.
La película acabó en unos minutos, pero ya no me interesaba el final. Me mordía las uñas; estaba nervioso por comprobar si lo anunciado era o no verdad. Con tantas técnicas nuevas de marketing, seguro que es un anuncio de algo y yo aquí esperando como un tonto, me dije.
Pero no. Para mi sorpresa, inmediatamente se vio en pantalla un plano de un estudio de televisión, a modo de los que vemos en los debates electorales. Seis atriles ocupaban la escena: cinco alineados a un lado del estudio y uno más, el del moderador, frente a ellos.
El moderador hizo las presentaciones y concedió el primer turno de palabra al presidente del Gobierno.
—Buenas noches —comenzó diciendo—. Estoy aquí para defender la ley que acaba de publicar mi Gobierno y que no hace otra cosa que redistribuir los regalos de Navidad de una forma más justa. De ahora en adelante, estos señores aquí presentes estarán obligados a declarar todos los regalos y a pagar los aranceles estipulados. Además, tendrán que regularizar la situación laboral de todo el personal de ayuda que les acompaña: elfos, pajes y demás deberán ser contratados de forma indefinida: Siguió con el resto de la verborrea legal que suelen usar los políticos cuando quieren ocultar algo bajo un montón de palabras, relatando las maravillas de la ley que acababan de publicar.
Papá Noel llevaba un buen rato pidiendo la palabra y finalmente pudo hablar. Lo hizo con una voz profunda y pausada, poniendo de manifiesto la experiencia de siglos en su labor.
—Querido presidente, recuerdo aún con cariño la emoción que produjo en usted encontrar aquel tren eléctrico que le dejé debajo del árbol aquella Navidad en la que cumplía cinco años. Quién iba a decir que ahora, años después, se iba a dedicar a poner trabas a nuestro trabajo. Como usted sabrá sin duda, los regalos que yo dejo no tienen un valor económico, sino sentimental; son el fruto del amor entre las personas de la familia, son ellos los que nos encargan dejarlos allí. Mercantilizar esto es como poner precio al amor por las personas.
—¡Sensiblerías! —contestó el presidente sin esperar a su turno de palabra—. Ni me acuerdo de aquel tren con sus tres vagones de color azul y su estación con el tejado rojo, con su estación de pasajeros. Mi Gobierno solo pretende mejorar la vida de las personas más desfavorecidas reasignando recursos.
El moderador dio entonces la palabra al rey Melchor, quien se expresó así:
—Buenas noches. Disculpen mi mal español, pero, aunque llevamos siglos viniendo a España por Navidad, comprenderán que en un día al año no hay tiempo de practicarlo demasiado. Además, con el estrés que llevamos esa noche y las copitas que nos dejan los niños, pues ya ven, como que nos mareamos un poco y…
—Vale, Melchor, ya sigo yo —intervino Gaspar—. Creo que ya te pesan los siglos. Como dice nuestro colega Noel, nuestro trabajo está más en la esfera emocional. Por unos días abandonamos nuestros reinos para cumplir los deseos de niños y mayores de este país. No cobramos nada por ello; incluso ponemos nuestros camellos al servicio de la ciudadanía. Ponemos en riesgo nuestra integridad física entrando por ventanas y chimeneas, y todo ello sin coste alguno para el ciudadano. Nuestros pajes llevan unas listas manuales de los regalos que entregamos, pero se destruyen a la medianoche del día de Reyes: es la magia de la Navidad. Comprenda que no podemos darle lo que pide.
De nuevo el presidente tomó la palabra:
—Veo claramente que no quieren colaborar con esta labor social que mi Gobierno quiere poner en marcha. Me gustaría recordarles que podemos denegar la visa de entrada y bloquear así su labor, cosa que no ocurrirá si voluntariamente colaboran. Pero, amigo Gaspar, déjeme recordarle que el trabajo de sus pajes y camellos puede ser considerado abuso laboral y maltrato animal, y eso conlleva una multa gordísima que se ahorrarán si nos pasan la lista de regalos para incluirla en el IRPF, como ya hacen los bancos, por ejemplo.
Fue entonces cuando Baltasar, con gesto muy serio, miro a sus colegas y guiñándoles un ojo pidió al moderador un receso para hablar entre ellos.
A la vuelta del receso fue el mismo Baltasar quien, dirigiéndose al presidente, le dijo:
—Señor presidente, aceptamos su ley. A partir de estas Navidades recibirán en el Ministerio de Hacienda completa información de nuestros regalos. La única condición que usted debe aceptar es que, si va a aplicar un impuesto, se cobren todos los conceptos sin excepción y a un precio justo.
El público que asistía al debate exclamó un “¡oh!” de sorpresa y asombro ante tal información.
El presidente expresó su satisfacción por haber conseguido su objetivo, que sin lugar a dudas agradecerían los ciudadanos.
- Y por supuesto que lo cobraremos todo —concluyó.
El moderador cerró el debate y yo me fui a la cama con la extraña sensación de que aquellas Navidades serían distintas.
Y vaya si lo fueron.
Tanto Papá Noel como los Reyes Magos dejaban en cada regalo una nota que decía:
“Por orden del Gobierno, esto será declarado a Hacienda junto a todo lo demás que recibas en Navidad”.
La gente hacía números para saber cuánto subiría su factura ese año en la declaración de la renta. Algunos protestaban ante aquello, otros se planteaban ,acabar con los regalos de navidad.
A Hacienda, a partir del 6 de enero, empezaron a llegar sacos llenos de facturas de cada objeto, a los que se les habían sumado los gastos de manipulación y transporte correspondientes. Aquello produjo el colapso de los servicios administrativos encargados de manejarlos, pero el verdadero problema se les planteó al tratar de valorar conceptos como la visita de los nietos, un perdón a tiempo, el amor de un hijo que vuelve a casa, la llamada de un amigo entrañable, el recuerdo de los seres ausentes.
Los funcionarios preguntaban constantemente cómo valorar aquello; los algoritmos se bloquearon ,el superordenador explotó tratando de calcular el valor de un abrazo de mas de diez segundos entre un abuelo y su nieta. Finalmente la administración se paralizó.
Unas semanas después, el Ejecutivo sacó una nota de prensa donde comunicaba que, por razones técnicas, quedaba suspendida la ley de reasignación de los regalos de Navidad.
Desde entonces, nada más se ha sabido de aquello, pero cada Navidad llega a mi casa un modesto regalo, siempre acompañado de una hoja en blanco con olor a incienso. Nadie la firma, pero yo sé bien que es un recordatorio: hay cosas que solo existen mientras nadie intenta poseerlas, medirlas o cobrar impuestos por ellas.