Mi suegro era una buena persona, nació en un pueblo de la Siberia extremeña a principios del siglo XX.
Su niñez estuvo marcada por los horrores de la guerra civil, su carácter bonachón, su cuerpo delgado, esculpido por el siempre duro trabajo en el campo.
Siempre fue agricultor, al principio en la pequeña huerta familiar y después en un poblado de colonización de las vegas del guadiana.
Como todos los agricultores que conozco, era un hombre practico, con un alambre podía reparar la manzera del arado suelta. Con una cuerda bien trenzada sustituir la barriguera del carro rota.
Las cuerdas que sujetaban las pacas de paja eran el material de construcción de todo tipo de sogas que utilizaba para amarrar las bestias o para mil usos distintos.
Si, definitivamente era un hombre con recursos que amaba las soluciones prácticas.
Pero su mayor tesoro, del que nunca se separaba y con el que podía realizar auténticas maravillas era su navaja.
Era una navaja pequeña con las cachas de madera y una hoja de menos de diez centímetros, sin punta. La madera estaba pulida por el roce de sus recias manos curtidas por el frio del invierno. la guardaba en el bolsillo de su pantalón, si iba al campo nunca iba sin ella.
Nunca supe el origen de aquella navaja, en realidad nunca la tuve en mi mano, era su tesoro.
-Un agricultor siempre tiene que llevar su navaja-. solía decir
Y te contaba algunas anécdotas que justificaban aquella afirmación, como aquella vez que llegó a la cuadra y encontró un ternerillo medio asfixiado por la cuerda que lo sujetaba al pesebre, había dado vueltas sobre si mismo y los nudos estaban tan apretados que era imposible aflojarlos. Visto la imposibilidad de aquella solución, optó por lo práctico, tiró de su navaja y cortó la cuerda que sujetaba al ternero salvando su vida.
Su pequeña navaja servía para cortar los tallos que crecían demasiado en la parra del porche de la casa.
Era un elemento fundamental si se quería hacer un injerto de yema en un árbol o una cepa.
Las sogas que trenzaba con las cuerdas de las pacas de paja se alargaban justo hasta el momento que con su navaja decidía marcar él como final.
Pero todas esas eran funciones secundarias de aquella herramienta mágica, las principales tenían que ver con la dura subsistencia propia de la vida en el campo.
¿Como pelar la fruta del almuerzo sin una navaja?
¿Rebanar el pan o el chorizo era posible sin la ayuda de tan fiel servidora?
¿Y cortar la veta de tocino, como se haría sin ella?
En alguna ocasión pude observar que también podía utilizarla como arma, pero siempre con el buen fin de alimentar a la familia. Cuando alguna gallina, ya vieja , dejaba de poner o un pollo parecía que había llegado a su pleno desarrollo la navaja de mi suegro volvía a mostrar su utilidad.
Su navaja era una parte de él, de su personalidad, no era posible imaginarlo sin ella.
A lo largo de su vida tuve ocasión de regalarle varias de aquellas pequeñas de Albacete, buenas navajas, con un buen filo capaz de cortar un pelo en dos mitades. El siempre las recibía con alborozo:
-Me viene muy bien- decía, siempre agradecido, pero seguía fiel a su vieja amiga de cachas de madera pulida por sus manos.
Cuando, por razones de su avanzada edad, dejo de ir al campo, no se desprendió de ella, era su cubierto principal, con ella cortaba el pan, el queso y los embutidos de la matanza.
De él aprendí, entre otras muchas cosas, que un agricultor siempre tiene que llevar su navaja.
Allí dónde ahora esté, donde van las buenas personas, lo veo afirmando con la cabeza y mostrado la suya mientras afila la hoja en una piedra celestial.
Aquí también se usa, me dice sonriendo.
Me encanta este relato homenaje a una de las personas más buenas y humildes que he conocido: el abuelo Antonio. Gracias por acordarte de el y escribir este precioso escrito:)
Esa querencia a la navaja conocida frente a las nuevas ofertadas, nos hace reflexionar al respecto de lo nuevo frente a la eficacia de lo adiestrado. Cuantas veces se denosta lo “viejo” frente a la novedad, a lo perfeccionado, cuando lo experimentado resuelve, de manera lateral y al mismo tiempo igual de eficaz lo que lo nuevo resuelve de otra manera. Lo viejo también es igual de válido e incluso más.
Un relato precioso que destila
gran cariño a un hombre sencillo y a la grandeza de las pequeñas cosas. Enhorabuena!!!
Vagamente recuerdo al señor Antonio por mi reciente incorporación a la familia, pero conociendo a su hermosa familia me hubiera encantado escuchar de su propia voz esas maravillosas historias
Parece ser que cada abuelo tiene su fiel amiga en el bolsillo
Tu hermano Gregorio me habló de una navaja amiga que tenía en el bolsillo, que no le gustaría utilizar cuando me presenté como el pretendiente de su hija
Gracias tito Serafin
Seguimos vijando juntos