El sol ya brillaba en lo alto, entraba por la ventana y daba directamente sobre su cama.
Paco entreabrió los ojos y los volvió a cerrar; le molestaba la luz, pero no tenía ánimo para cambiar de posición y evitarla. En el reloj de la iglesia daban las 9:30 de la mañana. Era domingo, pero Paco no sabía de horas ni de días, ni quería saber. Levantarse un día más para hacer la misma rutina de siempre, ¡qué vida!

Para no levantarse tan temprano, ¿por qué no filosofar un poco sobre la vida que llevaba? Así se quedaría un rato más bajo la manta, qué a gusto.

Y para empezar, se hizo una pregunta:
¿Quién marcaba las normas, tan absurdas para él, que controlaban su vida?

¿Por qué había que cortarse el pelo cada cierto tiempo? ¿Por qué no dejar hacer a la madre naturaleza? Si crece, pues que crezca, ¿a quién le molesta? Desde luego, a mí no.

¿Por qué hay que cubrir el cuerpo con telas extrañas? La naturaleza ya nos dota de protección y nos prepara para resistir las inclemencias del tiempo. Así no se puede admirar la belleza de los cuerpos como Dios los hizo. ¿Qué es eso de «Paco, te voy a poner el chalequito que hace frío” Y vaya si no es molesto el dichoso chalequito.

¿Y eso de dormir sobre camas mullidas dentro de una casa con calefacción? Nuestros ancestros dormían en cuevas inhóspitas, sobre piedras, ¡y tan felices que eran! ¿O no?

¡Y las comidas prefabricadas! Qué diferente era cazar un ave en el campo y llevársela a la panza.

Esos elementos extraños en los cuerpos: cadenas, collares, moños…

Paco estaba convencido de que todas esas convenciones sociales no convenían, no ayudaban a la felicidad de sus congéneres.

Vaya, aquel rayo de luz le estaba molestando de verdad, pero siguió sin moverse, absorto en sus pensamientos.

Sí, la vida que llevaba era más cómoda que la de sus padres, que habían sido guardas en una finca de Extremadura. Tenía asegurado su sustento, estaba protegido en aquel piso en la capital, pero añoraba la vida natural que conoció en sus primeros años en el campo.

Vivía bien, pero añoraba la libertad. Necesitaba ser más libre; las paredes de aquel piso le asfixiaban cada día más. ¿Las paredes? Las paredes necesitaban ya una mano de pintura, pensó. Sobre todo aquellos arañazos en la pared de la cocina, fruto de un momento de su propia desesperación.

En estos pensamientos estaba cuando se oyó el chirriar de la puerta que daba a la calle.
Alguien entró silbando una melodía, le sonaba aquella música.

Abrió los ojos y lo primero que vio fueron unas zapatillas de deporte en unos pies grandes y fuertes. Conocía muy bien esas zapatillas y aquellos calcetines blancos. Al subir la mirada, apareció el resto del cuerpo atlético, sudoroso, de Raül, que volvía de su carrera matinal.

—Vaya, Paco, ¿aún durmiendo? Ya es hora de levantarse, camastrón, me podrías haber preparado el desayuno.

Hacía ya tres años que Paco compartía aquel pequeño piso con Raül, y casi todas las mañanas le hacía el mismo comentario, aun sabiendo que Paco nunca le prepararía el desayuno; no estaba entre sus muchas habilidades.

—Vamos, compañero, que luego iremos al parque. Hay una sección nueva, especialmente pensada para ti.

Paco se levantó, estiró las patas, lamió las zapatillas de su dueño, mientras pensaba:

—Y para el parque seguro que me coloca el chalequito, ¡qué horror!
«Estos humanos lo humanizan todo y luego dicen que son animalistas… ¡Qué vida!»