Un cuento para niños que deberían leer los adultos
Había una vez un niño que vivía en un bosque, muy cerca del país de los gnomos, al sur del sur del mapa.
A Simón, que así se llamaba el niño, le gustaba pasear por las mañanas y disfrutar de los animales del bosque y de sus conversaciones, que siempre le parecían interesantes.
A veces, alguno de los animales dudaba de la palabra de otro —todavía se recordaba en el bosque la fábula del zorro y el cuervo— y era entonces cuando se recurría al Árbol de la Verdad. Nadie sabía quién lo había plantado ni cuánto tiempo llevaba allí, ni siquiera los más viejos del lugar.
Aquel era un árbol muy grande, con unas flores amarillas en forma de campana, siempre rodeadas de abejas y otros insectos. Sus ramas estaban pobladas de nidos de pájaros, grandes y pequeños. Su tronco, inmenso, delataba su longevidad.
Su sombra era fresca en verano y cálida en invierno; era un árbol querido y respetado en el bosque.
Pero lo más interesante de aquel árbol era su capacidad para detectar la mentira. La odiaba con la misma intensidad con la que amaba la verdad. De tal forma que sus flores cambiaban del amarillo al rojo cuando alguien, debajo de su sombra, faltaba a la verdad. Nadie sabía cómo lo hacía, pero bastaba que alguien mintiera bajo su copa para que el árbol, después de emitir un quejido, empezara a cambiar de aspecto: sus hojas se abarquillaban, como si les faltara agua, y sus flores, de un amarillo intenso, comenzaban a tornarse de un rojo sangre en menos de un minuto.
A Simón le encantaba aquel árbol, y muchas tardes se entretenía sentándose cerca de él a ver pasar a los transeúntes.
Otras veces jugaba a la pelota con un monito, amigo suyo, protegiéndose del sol bajo la sombra del gran árbol.
Una tarde, mientras jugaban alegremente al fútbol, Simón lanzó un fuerte chut, con tan mala fortuna que fue a dar en la ventana de la casa que la Señora Ardilla tenía en el tronco del árbol. El cristal de la ventana saltó en pedazos. Segundos después, la ardilla, asustada, se asomó a la puerta y, viendo a Simón allí parado, le preguntó:
—Simón, ¿qué ha pasado?
Este, temiendo la reprimenda de la ardilla y de su madre luego en casa, contestó:
—No lo sé… Creo que fue una piedra que vino de aquel extremo del campo.
—Vaya —dijo la ardilla—, qué mala suerte… Tendré que llamar al cristalero para que la arregle. Por las noches baja mucho la temperatura y mis ardillitas se pueden constipar. Lo malo es que ya no podrá venir hasta mañana.
Dicho esto, se volvió a meter en casa.
Simón respiró aliviado, pero en ese momento el árbol comenzó a cambiar de aspecto y, en pocos segundos, todas sus flores se tornaron de un rojo intenso.
Miró alrededor, preocupado. ¿Quién se habrá dado cuenta de que he mentido?
Pero solo su amigo, el monito, lo miraba, escondido detrás de unas flores.
—¡Vámonos! —le gritó, y salieron corriendo, cada uno a su casa.
Aquella noche Simón no durmió.
A cada momento le venía a la mente la imagen de las ardillitas tiritando de frío por su culpa.
—Pero nadie nos vio —se decía, tratando de tranquilizar su conciencia.
—No importa —se contestaba—, me vio el árbol, y me vi yo. Eso es suficiente.
Por la mañana, nada más levantarse, corrió a la casa del monito y le pidió que lo acompañara a hablar con la Señora Ardilla. Por el camino le contó la mala noche que había pasado por no haber reconocido su responsabilidad y haber mentido.
Cuando llegaron, las flores del árbol ya habían recuperado su color amarillo intenso y sus hojas estaban tersas.
Simón dudó antes de llamar, pero finalmente lo hizo.
La Señora Ardilla se sorprendió de verlo allí tan temprano.
—Hola, Simón. ¿Qué te trae por aquí a estas horas? —le dijo.
—Verá usted… —tartamudeó—, veníamos a decirle que, en realidad, el cristal lo rompí yo de un balonazo. Lo siento.
La ardilla reflexionó unos instantes y, mirando a los dos, les dijo:
—Ya me lo imaginaba. Pero eres muy valiente. Ayer hiciste mal al mentir sobre lo sucedido, pero hoy has compensado tu falta. La próxima vez, no esperes a que tu conciencia te lo recrimine, no esperes a que el árbol cambie de color. Por cierto, ¿sabías que el árbol también cambia de color cuando alguien, debajo de su sombra, reconoce sus errores? Mira.
Los tres alzaron la vista. Ante ellos se desplegaba un arcoíris de colores: flores amarillas, azules, verdes, rosas…
—¡Vaya! —dijo un sorprendido Simón—. Nunca lo había visto así.
—Es poco frecuente —respondió la ardilla—. La gente miente con frecuencia, y rara vez reconoce sus errores. Ese colorido es por ti.
Y Simón se sintió bien por haber recuperado su autoestima, dañada por la mentira.
#Aprendizaje
Precioso
¡Muy bueno!.
Se puede extraer una buena enseñanza de este relato!!!.
¡Gracias por vompartirlo!
Gracias por los comentarios y por vuestro seguimiento
Excelente Serafín 👏👏👍