Raúl estaba recostado en el sofá, una cerveza en su mano derecha, una patata frita en la izquierda, y delante, el televisor sintonizado en una cadena de deportes. Era sábado por la tarde, había liga de fútbol, y eso no lo perdonaba.

Para más interés, jugaba su equipo, el Atleti. Nadie, ni él mismo, se explicaba por qué era de ese equipo; no era vasco ni nadie de su familia lo había sido, pero el fútbol y sus aficionados son así: irracionales, pasionales, imprevisibles.

Era sábado. Tenía una tarde de buen fútbol por delante. Le acababan de promocionar en su trabajo, le habían subido el sueldo, su novia, Charo, estaba en la peluquería; luego saldrían a cenar con los amigos. Tenía todo lo que hacía tiempo venía deseando para ser feliz y, sin embargo, no podía desprenderse de aquella sensación de insatisfacción.

Quizás tendría que haber quedado con la peña para ver el partido, se dijo.

—Pero mi tele es mejor que la del bar y aquí hay menos ruido.

—Bueno, parece que esto empieza. Hoy le vamos a dar a La Real, se van a llevar una manita.

A medida que el partido avanzaba, crecía su sensación de insatisfacción. Siempre disfrutaba con el fútbol, pero desde su ascenso laboral era como si le faltara algo. Le gustaba lo que hacía, le pagaban bien. Entonces, ¿Qué era aquella sensación?

Minuto 82 de partido, Atleti 2 – Real 0. Esto está hecho y el partido, aburridísimo. A Charo le falta una hora para volver. Me voy a dar una vuelta al parque, parece que me asfixio aquí dentro.

Apagó el televisor y salió por la puerta en dirección al parque cercano. Caía la tarde de un septiembre cálido. Había madres con sus niños, ellos jugando, ellas charlando en los bancos. Un poco más alejado del bullicio, descubrió uno vacío. Limpió el asiento con un pañuelo de papel, sacó su iPhone ultimo modelo y se puso a chatear con su amigo Toño. Lo dejó pronto y se puso a jugar uno de esos juegos que tanto le gustaban a Charo, tenia que entrenar para ganarle.

Absorto en su móvil, no se percató de que alguien le hablaba.

—Buenas tardes —repitió aquel joven.

—Hola —dijo Raúl sorprendido—. ¿Qué tal?

—Bien —dijo el joven—, disfrutando de la tarde, el correr de los niños y el olor de las flores. Se respira paz en este parque.

—Vaya, qué poético. Tú no eres del pueblo, ¿verdad?

—No, estoy solo de paso. En realidad, vivo de paso.

Raúl dejó el móvil y le prestó atención al joven por primera vez.

—¿Un mendigo errante?

El joven iba vestido de una forma austera:  un pantalón beige y un polo azul. A su lado, una mochila bastante grande, de explorador, pensó Raúl para sí. Estaba bien afeitado, limpio, para nada tenía el aspecto de un mendigo.

—Veo que tienes el último modelo de iPhone —le dijo el joven mirando el aparato en las manos de Raúl, que instintivamente lo recogió hacia sí.

—Sí, me gusta estar a la última. Mi empresa me da otro modelo, pero yo particularmente me he comprado este. ¿Tú cuál tienes?

—No tengo móvil —respondió su interlocutor sonriendo—,porque no lo necesito.

—Prefiero hablar con la gente cara cara, mirándole a los ojos—

Dijo esto último con una gran sonrisa y cara de satisfacción. Vaya tío raro, pensó Raúl.

—Y tendrás también un buen coche, supongo, se te ve un hombre de buena posición.—

—Bueno, no es malo —respondió Raúl, ya un poco molesto porque aquel joven que no conocía de nada se metiera en su vida—. Un BMW, tecnología alemana, son buenos.

—Sí, en uno de ellos he llegado al pueblo — dijo el joven.

—¿Ah, también tienes un BMW?

—No, qué va. He venido en Blablacar, un señor muy amable pasaba por aquí en dirección a Madrid y me ha traído.

—Blablacar, sí, es una forma barata de viajar, ya lo creo.

—Lo es, pero yo no lo hago por eso; lo hago para conocer gente. Me encanta conocer gente.

—Claro, es a casa de eso que eres tan preguntón —dijo Raúl con un poco de retintín.

—Jaja, puede ser. Me gusta conocer a la gente, y para eso hay que preguntar. Viajando y preguntando, he aprendido mucho, entre otras cosas a leer la cara de las personas.

—¿Eres brujo o algo así? —dijo Raúl, medio en broma.

—Jeje, para nada. Solo un observador—.

—¿Y cómo se llama este observador, si puede saberse?

—Raúl —respondió el joven.

—Anda, como yo. Yo también soy Raúl. ¿Y qué puedes leer en mi cara?

—Hombre, he tenido poco tiempo, pero yo diría que eres una persona de buena posición. Tienes un buen sueldo, vistes ropa cara, tienes un móvil y un coche último modelo. Pero tus ojos… se ven tristes. Quizás te falta algo… ¿un amor, quizá? ¿O algo que dé sentido a tu vida?

—Amor sí tengo, estará al caer. Si no me encuentra en casa, sabe que estoy aquí. Pero lo del sentido de la vida… ¿Qué quieres decir? Trabajo como un mulo, ahorro lo que puedo para poder formar una familia y darles a mis hijos una educación. ¿Es eso un sentido?

—Puede ser —respondió el joven—, pero solo tú lo sabes. Pregúntatelo en tu interior. He viajado mucho y he conocido a gente que es feliz viendo el vuelo de una gaviota en la playa, el color de una rosa o simplemente sintiendo el viento en su cara. Otros necesitan más cosas materiales; hay quien dedica su vida a los demás. Conocí también a un hombre tan pobre, tan pobre, que lo único que tenía era muchísimo dinero.

—¿Qué tiene de malo ganar dinero? —preguntó Raúl con cara de pocos amigos.

—Nada, en absoluto. Si ese es el sentido que quieres dar a tu vida, hazlo así. sin más.

—¿Y cuál es el sentido de la tuya? ¿Viajar con una mochila?

—Pues sí. En ella tengo todo lo que necesito. Trabajo solo en las campañas de aceituna de mi pueblo, en Jaén, he aprendido mucho de aquellas gentes. El resto del año viajo, conozco gente y trato de ayudarles en lo que pueda. ¿Así soy feliz? ¿Tú lo eres?

Raúl iba a responder cuando escuchó la voz de Charo llamándolo desde la acera.

—¡Raúl! ¿Qué haces? ¿Por qué estás hablando solo?

—Solo no, estoy hablando con este jo…

Miró a su derecha buscando a su tocayo, pero ya no estaba.

—Estaba aquí ahora mismo, ¿no lo has visto?

—Anda ya —dijo Charo—, si llevo un rato llamándote.

—Pues te digo que estaba aquí. Se llama Raúl.

—Claro, Raúl, tú. Estas hablando contigo.

Nota del autor:

Este relato está inspirado en una canción de Victor Manuel, titulada “El mendigo”

Se puede escuchar aquí  Victor Manuel – El mendigo (youtube.com)

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